Buenos Aires, mayo 27 de 1955
Compañero Cartasso:
Noches pasadas, mientras asistía a la representación de la transcripción de una novela de Arlt, tuve ocasión de presenciar en «Los Independientes» su muestra primigenia. No leí hasta ahora ninguna crítica de su exposición. Aunque la crítica que se suele hacer entre nosotros, no me interesa. Le digo, no obstante, que usted ha comenzado muy bien, si este es su comienzo, y que ha elegido el mejor de los caminos. El camino de la vida y de la realidad. Por allí ni usted ni nadie se extraviará nunca. Tiene usted dos antecesores valiosos en su arte, a quienes conocí yo personalmente. Uno, aquí y otro en Alemania. Kathe Kolwich y Guillermo Facio Hebequer. Como continuidad de un movimiento nacional, y como amigo, se puede imaginar que me emociona más que usted siga las huellas de nuestro pintor desaparecido y no de la desaparecida artista alemana. Dado que tanto una como el otro estaban dentro de una misma corriente revolucionaria, también me imagino que esta misma tendencia a usted no le es ajena. Por lo cual me alegro. No es posible, por supuesto, pintar la vida y la realidad y no participar del proceso social que sufre de continuo la realidad y la vida.
No pretendo, sin embargo, atribuir sus méritos exclusivamente a la elección de sus modelos o a su orientación ideológica. No basta con aprenderse el socialismo para ser socialista. Ni basta con ser socialista para ser artista. Usted revela, en primer término, una gran fuerza y firmeza para traducir sus verdades artísticas. (Las verdades artísticas no son más que las verdades comunes vertidas artísticamente). Luego, se emociona auténticamente frente a la materia que le sirve de vehículo de expresión. Se coloca ante sus personajes con la seriedad que ellos se merecen por tratarse, no de personajes, sino de personas. El respeto por el arte, también no es más que el respeto que siente el artista por la humanidad. Asimismo, posee usted un carácter fuerte, vigoroso y definido. Es decir: no sólo marcha usted por una senda, sino que sabe por dónde y por qué marcha. No camina tanteando la atmósfera o el suelo. Pisa con seguridad y se mantiene derecho. Su pensamiento, por lo demás, es claro. Se entiende perfectamente lo que dice y lo que hace. Se alejó, para su salud moral, de todo jeroglífico, de toda elucubración cabalística. Sus obras no requieren explicaciones metafísicas para ser asimiladas. Se explican por sí solas, que es la única explicación que puede admitir una obra de arte. No necesita usted la presencia de exégetas y papagayos.
Otro rasgo que se destaca de su producción es su humildad. También éste como camino no es despreciable. No se llega al corazón de los humildes sino se tiene un corazón parido y trabajado en la humildad. Pese de que no aparece en su muestra la figura de Cristo por ningún lado, le digo que su alma está presente en todos sus cuadros. Otro tanto le ocurría a Guillermo Facio Hebequer, incluso cuando ilustraba «Bandera Roja». Y si me apura mucho, le digo que a Kathe Kolwich le ocurría lo mismo. Eran dos frutos evolucionados del cristianismo. Dos Cristos modernos.
En síntesis: usted irá muy lejos.

